La noche anterior | Moisés Ramírez |
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Ánimos Qué alegría quedarse en casa solo, envuelto en una frazada de aislamiento. Mirar por la ventana sin pensar en las horas, sin esperar nada. Y de pronto seguir a los transeúntes, como si de un momento a otro nos llevaran con ellos de la mano o del brazo. Entonces, ponerse el abrigo para salir a la calle y caminar. Sí, caminar entre hojas caídas enredándose en el pelo; ir a ninguna parte y entrar sin pensarlo demasiado en una zapatería y medirse todos los zapatos cafés y luego todos los amarillos y salir marcando el paso. Llegar al mercado y sentir de golpe el aroma de la fruta, apretar una cebolla y sin temor alguno frotarla contra la mejilla, o meter los cinco dedos en un saco de maíz y la mano entera hasta el codo, hasta el hombro, como si el saco fuera a tragarse el cuerpo entero porque no había otra cosa que hacer ese día. Y así, volver nuevamente a la calle; detenerse delante de una puerta entreabierta, empujar muy despacio y entrar. Andar de un lado a otro y en silencio. Pasar por fin delante de la casa como si fuera la del vecino, y levantar la mirada, quedarse un rato observando cómo se mete el sol de la tarde con su sopor y su fragancia, pensando en lo bien que se estaba allá arriba. Y, finalmente, volver, quitarse el abrigo acercándose de a poco a la ventana, a ver qué pasa, a ver si de una vez se salta definitivamente. p. 33 |
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La noche anterior | Moisés Ramírez
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